En el mercado, las mercancías
se intercambian con otras mercancías, como si las cosas tuvieran relaciones
sociales entre sí, mientras que las personas no se relacionan en el mercado
directamente con personas, sino con cosas. Las relaciones humanas están “cosificadas”
en este sentido. El que va a comprar leche al supermercado no se relaciona con
el lechero que extrae la leche de la vaca y por tanto quien realiza el proceso
productor, sino sólo con la leche y su precio. Hace el intercambio de su
mercancía (o su dinero) por otra mercancía. Y pareciera que dicho valor de
cambio correspondiera a las características intrínsecas de la mercancía, invisibilizando
las relaciones de explotación que permiten una baja de precios sin afectar la extracción
de plusvalor que el capitalista acumula. Las relaciones productivas humanas que
generan las mercancías y su valor, quedan así ocultas tras la forma en que
aparecen estas relaciones.
En la navidad ocurre algo parecido, nos
relacionamos con las personas a través de objetos y actos (el acto de “dar”),
si bien en el caso de la navidad no es tan evidente la deshumanización del
proceso debido a que en la practica la gente se suele reunir, compartir y pasar
tiempo juntos. Si se hace patente si observamos “el proceso” en sí mismo, para
efectos del análisis es pertinente reducir la navidad desde el punto de vista
de la mercancía, a “un proceso forzado socialmente aceptable de interacción,
con la mercancía como unión indisoluble entre las personas el medio y la
sociedad”, en relación a esto es necesario referirnos en palabras simples al
termino marxista de “fetichismo” (proveniente de el fetichismo de la mercancía)
El fetichismo es el atribuirle a una cosa
propiedades que pertenecen a las relaciones sociales que la producen. Con las
mercancías pasa algo parecido, pero lo extraño es que el fetichismo de las mercancías
surge por considerarlas como “lo que son” a primera vista, es decir que no
surge de algo ajeno a ellas, sino de una forma que les es propia. Las
mercancías se nos presentan tal cual son, no nos ocultan que son cosas útiles y
que tienen un precio. Al contrario, tan claro vemos que las mercancías son
valores de uso con valores de cambio, que sólo vemos eso: valores de uso que portan
valores de cambio
Aquí empieza el fetichismo, o la falsificación
del concepto, cuando el valor de cambio es visto como una cualidad del valor de
uso al que está unido, porque el valor de uso es lo que realmente vemos, no
podemos ver qué otra cosa puede ser la causa del valor de cambio, hasta no
hacer un análisis más profundo y darnos cuenta de que las relaciones
productivas humanas son en realidad las que generan las mercancías y su valor.
Pero esta forma de dar valor a las cosas
responde a una necesidad capitalista respondiendo a la privatización y a la
división social del trabajo, puesto que una persona que produzca por si sola
una mesa por ejemplo, está aumentando el valor de esta debido a las horas
hombre invertidas y el proceso, que en vez de ser compartido y estar en
contacto con otras áreas del trabajo, solo se privatiza y hace más caro el
valor final del objeto. (Considerando que la explotación es la apropiación de
la fuerza de trabajo de otro y que esta fuerza de producción si bien puede ser
cubierta con un capital inicial, puede producir elementos que tienen un valor
de cambio más alto aun.)
Entonces, es la misma naturaleza de la división
del trabajo capitalista la que genera una forma social que permite su propio
funcionamiento, pero que al mismo tiempo oculta el contenido social del valor
de la mercancía, y genera así el fetichismo de la mercancía.
Al analizar la navidad como un proceso
atravesado innegablemente por la mercancía y su fetichismo, podemos decir por
extensión que al no ser siempre espontaneo y mediado por relaciones fraternales
humanas, se llega a convertir en relaciones superficiales y cosificadas
mediadas por la mercancía y su fetichismo, donde se cambia el valor de la
mercancía “objeto” y no solamente se ve atravesada por el componente social que
define su valor y que generalmente está camuflado, si no que se atraviesa por
los valores de una sociedad decadente donde nos juntamos una vez al año a
brindar y hacer las paces con el que odiamos por 364 días restantes, el valor
de la mercancía ya no sólo se mide en pesos, si no que ahora se mide con moral,
con el típico “como no le vas a regalar nada”, “como vas a estar triste en
navidad”, “como no vas a aceptar mi regalo”, quizás se trate de una
modificación y actualización del valor de la mercancía que alcanza su peak un
par de veces al año durante fechas importantes, fechas que el capitalismo ha
sabido darnos sabiamente como días no laborales, donde se da el espacio para
despilfarrar lo ganado durante el resto del año pensando lo menos posible y
llenando los mismo bolsillos para los que trabajamos, en un círculo vicioso
donde el lobo es el lobo del hombre y los regalos los mondadientes con los que
se limpian los colmillos.
Ya no es solo el valor de cambio el real valor
de la mercancía si no, también el valor de su implicancia social y el valor de
sentirte deshumanizado y extraño en la sociedad occidental donde es cada vez
mayor el consumismo que se produce escudado en la moralidad y las “buenas
costumbres”, es el nuevo modo de producción capitalista donde ya no basta con
solo hacer un presente si no que tiene que ser un buen y caro presente, mediado
por la egolatría y las ganas de presentar una buena imagen a los ojos aturdidos
de quien lo recibe, podríamos decir en conclusión que la navidad y cualquier
fiesta inherente a la cultura, se ha fusionado con el capitalismo, para meter
entre medio y darle un nuevo valor a la mercancía ya no solo mediado por el
proceso de producción y el valor de cambio si no por la moralidad inherente a
ciertas fechas especiales, es el modo más eficaz de producción asegurado por
una parte de control y autorregulación social y otra de “moralidad
capitalista”.
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